viernes, 24 de junio de 2011

EL TRIBUTO A ERNESTO SABATO, QUE CUMPLIRIA HOY CIEN AÑOS


Las puertas de la casona de la calle Thames, en el corazón de Palermo, estaban abiertas. Un clima de temblor y emoción se respiraba en las paredes blancas, en la hilera de manuscritos con anotaciones, en esa intimidad de palabras arrojadas a la posteridad, que ahora se puede frecuentar con el afán de bucear en la obra de uno de los autores argentinos más importantes del siglo XX. “Ver si algunas partes ya aparecieron en mis libros anteriores”, se lee en uno de esos textos, la letra prolija, casi el trazo de un adolescente obsesivo. Ernesto Sabato cumpliría hoy cien años. Pero la muerte no quiso que llegara a festejar el centenario. Entre las neblinas de un dolor que conjura trabajando en la Fundación que lleva el nombre del escritor, Elvira González Fraga decidió homenajear a ese hombre “contradictorio como toda persona con el alma ensanchada”, acompañada por el actor Ricardo Darín, el economista Ricardo Kliksberg y Juan Carr, el creador de la Red Solidaria.

El autor de El túnel no vivió como un hombre seguro, “esa postura que suele acompañar a los que se sienten poderosos”, dijo Elvirita, así la llamaba Sabato, con su timbre de voz pulseando contra el desborde emocional. Se conocieron en 1962, cuando González Fraga tenía 19 años y el escritor había publicado su novela más paradigmática, Sobre héroes y tumbas. La joven vivía por Plaza San Martín, en la casa de sus padres. Una amiga le avisó que el mismo Sabato pasaría a visitarla. Y, efectivamente, la muchacha que aún no era Elvirita abrió la puerta y lo vio por primera vez. Pero González Fraga se casó y tuvo cuatro hijos; de tanto en tanto se cruzaba con el escritor, en la casa de alguien, en alguna exposición. Recién en los inicios de la década del ’80, “nos hicimos cercanos”. Esa cercanía se extendió durante 30 años. Poco a poco, empezó a compartir su desasosiego creador, su angustia, sus sentimientos de culpa. También, claro, disfrutó de la apasionada vitalidad del escritor. “Doy fe de su extrema sensibilidad ante el sufrimiento humano, de su irrenunciable preocupación por el estado del mundo, de su horror ante la desacralización de la vida y de su inmenso coraje para disentir”, enumeró la presidenta de la Fundación Ernesto Sabato ante el embajador de España en Argentina, Rafael Estrella; la directora de Asuntos Culturales de la Cancillería, Magdalena Faillace, y Fabián Matus, el hijo de Mercedes Sosa, entre otros funcionarios, familiares, amigos y admiradores del escritor.

Pasaron casi dos meses desde aquel 30 de abril en que González Fraga se fue despidiendo de Santos Lugares. Y de la mano de Sabato en la suya. “Ernesto vivió empapado del temblor de un artista adolescente”, afirmó su viuda sobre ese “clima de temor y temblor”, expresión de Tobías que dio nombre a un libro de Kierkegaard. “El estado del mundo no era un tema para teorizar, sino una tragedia a hacerse cargo, siempre, en todo momento”, explicó Elvirita, con la voz en reposo, ya sin la amenaza de la vibración traicionera que teje la tristeza. Sabato repetía una frase de Dostoievski: “Somos culpables de todo y por todos”. El escritor que eligió Santos Lugares, lugar en el mundo donde vivió 50 años, donde se lo veló en un sencillo club de barrio, estaba “obsesionado carnalmente por el mundo”, aclaró su viuda. Sobre la deshumanización de este mundo, que expresó ya por el ’45, eligió una frase precursora del entonces joven escritor: “Si así seguimos, fabricaremos hombres sin lágrimas”.

Minutos antes del comienzo del homenaje, cuando familiares y amigos recorrían las habitaciones de la casona de Palermo donde funciona la Fundación Ernesto Sabato, Darín confesó que por una cuestión generacional, “lo que a mí más me ha impulsado a admirarlo, a quererlo y a respetarlo es su actitud como ciudadano, su compromiso”. Sabato, agregó el actor, “pertenece a esa legión de tipos que fueron y son un ejemplo; es una legión en extinción”. Darín destacó la participación del escritor no sólo como presidente de la Conadep, sino “como ciudadano”. Aunque reconoció que la lectura no es su “fuerte”, el actor se encargó de epilogar el homenaje con la lectura del fragmento final de Sobre héroes y tumbas. El primero en hablar fue Kliksberg, asesor principal del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). “Ernesto nos reintegraba, a través de sus obras, la capacidad de pensar las grandes preguntas filosóficas”, señaló el economista argentino, reconocido por sus trabajos sobre pobreza y desigualdad en América latina. El autor de Primero la gente –escrito en coautoría con el Premio Nobel de Economía, Amartya Sen– repasó el trayecto vital de un joven Sabato que “hizo trizas su carrera científica” porque su ser profundo quería escribir y comunicar sus desgarramientos filosóficos. “Lo admirable es que el hombre siguió luchando y creando belleza en un mundo bárbaro y hostil”, aventuró Kliksberg, parafraseando al escritor.

Elvirita, la mujer que cumplió la promesa que les hizo a sus hijos y domesticó sus lágrimas, tiró del ovillo de tantas complicidades, miradas, frases, silencios y anécdotas. Iban mucho al cine; ella le pedía que mirara para el piso para llegar a tiempo porque la gente lo paraba en la calle para abrazarlo. Las palabras no cubren el vacío; pero al menos cauterizan la ausencia. Confesó González Fraga que mientras preparaba lo que dijo ayer, Sabato, a veces, regresaba. De pronto lo volvió a ver parado, esperándola, en la esquina de San Martín y Tucumán, donde ella trabajaba. Quizá caminaron hacia Plaza San Martín, tal vez cumplieron al pie de la letra con ese rito que tanto lo confortaba a él, sentarse en algún banco de esa plaza. “Estábamos en la dictadura militar y él era una persona señalada”, contextualizó González Fraga. “En una ocasión iba manejando y nos siguió un auto con un fusil ametralladora fuera de la ventanilla. Ernesto lo logró confundir.” Pero ambos se quedaron temblando. Kliksberg enfatizó el coraje del escritor para investigar los crímenes cometidos por la dictadura militar. “Había que jugarse la vida”, advirtió el economista. “La dictadura eliminó todo un estrato social para dejar la historia argentina marcada para siempre; lo mismo hicieron los nazis”, comparó y rememoró otra frase de Sabato, aquella en la que sintetizaba el horror que descubrió durante la investigación realizada por la Conadep. “Ernesto entró en el infierno y dio testimonio, se jugó la vida por la memoria. El Nunca Más es un monumento de cómo se puede crear justicia en medio de tanta barbarie”. El economista también rescató algunas ideas de Antes del fin. “En la historia, estaban los de arriba y los de abajo; los de arriba siempre oprimieron a los de abajo. Ernesto vio que una cosa es ser explotado y otra es ser excluido”, esgrimió el economista. Para Kliksberg, Sabato “llamaba a la lucha desde su realismo crudo, creyendo que el ser humano puede enfrentar la barbarie y crear belleza”.

Le suelen preguntar a Elvirita si Sabato estaba siempre apesadumbrado. El “no” sonó como un cuchillo afilado que corta de raíz un viejo mito. “Era contradictorio como toda persona con el alma ensanchada, pero a la vez era muy capaz de disfrutar”, sopesó González Fraga los momentos vividos. Una tarde el escritor le contó algo que nunca olvidará. Había observado que todos los chicos, y en diferentes idiomas, cuando juegan usan el mismo tiempo verbal que en los mitos: “Dale que eras el rey, dale que yo era peregrino”. Ella le propuso jugar el mismo juego. “No sé si se sabe lo buen actor que era –ponderó con una sonrisa–. Inolvidable lo bien que hacía de Pedro Páramo, y de loco. Le gustaba hacer del último Quijote, el que duda de su utopía. Y yo, que hubiera querido ser actriz, gustaba de estos teatros improvisados de las tardes.”

La crisis del 2001 amenazó con sacarlo del juego: horas y meses estuvo Sabato sentado con la mirada perdida en las baldosas de su casa de Santos Lugares. En esa época se creó la Fundación que lleva su nombre y que él presidió durante siete años. “Quiso que fuera un espacio donde los jóvenes encontraran una opción ética frente a la falta de trabajo y a la desesperanza. No paraba de pensar cómo encender en los jóvenes una utopía que los acercara a un horizonte más humano por el que valiera la pena vivir”, sostuvo Elvirita. “Siempre creía que algo más se podía hacer, que se debía hacer”. Carr reconoció que muchas veces miró la realidad a través de las obras de Sabato. “Esa realidad oscura, tenebrosa, con esa esperanza descabellada que tenía él, me iluminó la vida”. El creador de la Red Solidaria afirmó que está “absolutamente convencido de que se puede cambiar el mundo” y añadió que el escritor “arriesgó la vida en serio” en la Argentina de los “chamuyos”.

¿Cuál fue la influencia de la cercanía de Elvirita en Sabato? Socióloga de profesión y asistente a los seminarios de filosofía que daba Hugo Mujica sobre Emmanuel Lévinas, González Fraga resumió la huella que dejó en él. Un día el escritor le regaló las obras completas de Sartre; ella, sin embargo, se inclinaba por Camus. Hablaron de la responsabilidad y de otros temas. “En un momento yo le dije que la frase de Sartre, ‘la vida es una pasión inútil’ no la puede decir ningún padre que no tiene qué darle de comer a sus hijos”. Parece que el escritor se quedó callado, masticando la réplica. Poco tiempo después, se encontró con Mujica y se transformó en lector de Lévinas. “A partir de entonces, comprendió mejor mi inclinación por lo místico, lo cósmico y mi necesidad de lo ritual.” Elvirita recapituló algunos viajes, las visitas a iglesias como la St Julien le Pauvre, en París, donde iba Margueritte Yourcenar en su juventud; una recorrida por Albania, tierra ancestral de la madre de Sabato; las ceremonias guaraníes de las que participaron junto al escritor paraguayo Augusto Roa Bastos; el tiempo que estuvieron en Lanzarote con José Saramago, y la España que visitó durante el 2002, donde dio 18 conferencias. En muchas de estas excursiones había que acarrear los óleos y los cartones para pintar. “No aguantaba estar sin tener entre sus manos algo para crear”, confirmó su viuda. Pero un capítulo especial le dedicó a los viajes a las provincias argentinas. A Sabato le gustaba estar con gente de pueblo. “Ernesto nunca le sacó el cuerpo al contacto con lo humano, por doloroso que fuera. Siempre repetía la frase de San Pablo que toma Hölderlin: ‘Donde abunda el peligro crece lo que salva’”.

Afuera el viento acribillaba la ropa y entumecía los músculos. Hacía mucho frío; era un mediodía excesivamente desgarrado. Como Sabato. En una de las macetas del patio de esta casona crece un pequeño limonero. La “epifanía” de Hölderlin, quién diría, se despliega en el campo magnético deslumbrante de un puñado de limones.
FUENTE: pagina 12

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